Me llevo cada susto con el animalejo este... Las ardillas se me cruzan en la carretera, las veo con el rabillo del ojo en los árboles y, muchas veces, en el jardín de casa, salen de la nada y cruzan la valla de lado a lado. Alguna vez, se paran y te miran desafiantes, como si te preguntaran qué haces en su jardín. Ya sé, ya sé, qué monas, están buscando su comidita para el invierno y son animales tiernos y peluditos, pero yo las veo como ratas con rabo enorme y eso es lo que pienso cuando merodean por mis cercanías. Y la cosa es que, bueno, uno podría intentar no hacerles caso pero es que salen de la nada y cuando menos te los esperas, así que no puedo evitar pegar un salto cada vez que me sorprenden.Pero ahí no acaba la cosa. Hay arañas por todos lados y de todos los tamaños. Las peores no son las pequeñas, las de toda la vida, sino unas con las patas tan enormes que parece que caminan con zancos arácnidos. Las veo en la ducha, en el poyo de la cocina y en la esquina de la pared y el techo. Ya sé, ya sé, están para comerese los mosquitos, que en teoría hacen más daño que ellas, pero no sé qué prefiero, si un mosquito con un poquito de hambre o una tarántula asesina. Además, sé que una me picó la otra noche porque amanecí con dos ronchitas que no se parecían en nada a la de un mosquito porque no me tuve que rascar.
Este es el país de los bichos raros (y esta vez sólo me refiero a los insectos y roedores; otro día hablaremos de otros especímenes más humanos). En el fregadero me encontré el otro día una tijereta (o cortapico), hay abejas, abejorros y avispas para todos los gustos, y palomitas adictas a la luz. Cucarachas, ninguna, menos mal, porque eso era lo que me faltaba ya para completar mi colección de compañeros de casa.







